JUANA DE ARCO (La pasión de Juana de Arco)

(1412-1431), también conocida como la Doncella de Orléans (o, en francés, la Pucelle), fue una heroína, militar y santa francesa. Su festividad se conmemora el día del aniversario de su muerte, como es tradición en la Iglesia católica, el 30 de mayo (…) ya con 17 años encabezó el ejército real francés. Convenció al rey Carlos VII de que expulsara a los ingleses de Francia, y éste le dio autoridad sobre su ejército en el Sitio de Orleans, la batalla de Patay y otros enfrentamientos en 1429 y 1430. Estas campañas revitalizaron la facción de Carlos VII durante la Guerra de los Cien Años y permitieron la coronación del monarca (…) fue capturada por los borgoñones y entregada a los ingleses. Los clérigos la condenaron por herejía y el duque Juan de Bedford la quemó viva en Ruan (…) Veinticinco años después de su condena, el Rey Carlos VII instigó a la Iglesia a que revisara aquel juicio inquisitorial, dictaminando el Papa Nicolás V la inconveniencia de su reapertura en aquellos momentos (…) A la muerte de Nicolás lV, fue elegido papa el español Calixto III (Alfonso de Borja) el 8 de abril de 1456, y fue él quien dispuso que se reabriera el proceso. La inocencia de Juana fue reconocida ese mismo año en un proceso donde hubo numerosos testimonios y se declaró herejes a los jueces que la habían condenado. Finalmente, ya en el siglo XX, en 1909 fue beatificada y posteriormente declarada santa en 1920 por el Papa Benedicto XV. Ese mismo año fue declarada como la santa patrona de Francia. http://es.wikipedia.org/wiki/Juana_de_Arco

“Los hombres pelean; sólo Dios da la victoria”
Juana de Arco

LA PASIÓN DE JUANA DE ARCO (La passion de Jeanne d’Arc) – 1928

juana

Director Carl Theodor Dreyer
Guión Carl Theodor Dreyer y Joseph Delteil
Fotografía Rudolph Maté y Goestula Kottula
Producción Societé Générale des Films
Nacionalidad Francia
Duración 110m. B/N
Reparto Renée Falconetti, Eugene Silvain, Maurice Schutz, Antonin Artaud, Michel Simon, André Berley, Louis Ravet, Armand Lurville.

Contratado por una notoria productora francesa a raíz del éxito obtenido en su Dinamarca natal con un drama doméstico de perfil feminista que adaptaba una obra teatral de Sven Rindon, El AMO DE LA CASA (1925), Dreyer reconstruyó con encomiable rigurosidad histórica el estremecedor proceso inquisitorial que acabó con la ejecución de Juana de Arco, rubricando una de las grandes obras maestras de finales del período silente. Estructurado a partir de un penetrante análisis psicológico de sus personajes, especialmente de la víctima (interpretada de forma muy emotiva por una famosa actriz de teatro, en su primer y único trabajo ante las cámaras), presumía de un sugerente contraste visual entre la estilización de sus decorados y su minucioso tratamiento realista, en el que destacaba la ausencia total de maquillaje. Pero, por encima de todo, sobresalía por la audacia de estar filmada casi íntegramente en primeros planos (algunos de ellos de una fuerza expresiva tan abrumadora que anticipaba la inminente llegada del sonoro) y ofrecer además unos encuadres tan originales como inusitados.

Otras películas sobre JUANA DE ARCO

Juana de Arco – Victor Fleming (1948)
El proceso de Juana de Arco – Robert Bresson (1962)
Juana de Arco – Luc Besson (1999)

17 comments

  1. … Y un recuerdo para la Juana de Jean Seberg.

    Así empezó su ‘infierno’ en el mundo del cine, éxito de la noche a la mañana con apenas 17 años, críticas feroces por su interpretación y a la vez carrera imparable y trágica… y todo empezó en manos de uno de los ‘grandes directores ogro’, Otto Preminger. Después rodaría con él la sensible Buenos días, tristezas… y dos años después su salto a Francia y su conversión en mito trágico…

    Besos
    Hildy

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  2. Lo reconozco, me olvidé de la película de Preminger al hacer la entrada. Después me acordé de ella y pensé que alguien probablemente me la recordaría. Y cómo no, has sido tú, demostrando tus dotes de cineasta empedernida y seguidora aventajada del blog.
    Magnífico apunte el tuyo, como siempre. Un abrazo.

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  3. La influencia teatral en Dreyer es tremenda y no solo en esta película, más aún en algunas obras posteriores que están entre las más valoradas del cine europeo de todos los tiempos. No soy un fanático de esta película, sin dejar de reconocer su impronta y fuerza, pero sin entrar en comparaciones odiosas unos años antes algunos genios aventuraron innovaciones en el lenguaje cinematográfico brutales, que pueden dejar en un ejercicio excesivamente plano y ajustado la obra del danés.

    Particularísimo y obstinado, realizó el cine en la forma que quiso o como lo sentía y eso no significa que tuviese razón. Creo sinceramente que Dreyer ha quedado superado y que el valor que se les da a algunas de sus obras es excesivo, pues en su concepción artística y confección estructural y de desarrollo su cine es para mi un ejercicio ensimismado y muy subjetivo, del que precisamente discrepo formal y estilísticamente. No creo que Dreyer haya sido un gran creador en esto que llamamos cine, pese a que esta opinión pueda levantar ampollas o resulte un planteamiento poco juicioso. Su mundo íntimo y recóndito dejaba afectado al propio desarrollo de sus películas y su rebuscamiento lo inundaba todo, no solo la historia, los motivos y sus personajes, igualmente la filmación.

    Nadie podrá negar que su cine es extrañamente interior y único, y que al mismo tiempo resulta fascinante, algo que yo alcanzo a apreciar solo en su justa medida. Siempre tengo la sensación que desde ciertas latitudes el cine ha sido un objeto de experimentación, deformando en gran magnitud la concepción en sí del cine y que éste se articula como instrumento secundario para otros menesteres legítimos pero con exceso de protagonismo. No sé si me explico. Si por algo soy admirador del cine japonés clásico fue por alcanzar los rincones más íntimos del ser humano desde la sencillez más dolorosa y limpia, y es por ello que suelo distanciarme cuando los métodos parten de un sentido inverso, o al menos ampuloso y rebuscado en su concepción, que sí aprecio en cinematografías del Norte de Europa. Tal vez carezca de capacidad para ver con otros ojos.

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      1. Si me atengo a la frase con la que abres el último párrafo de tu comentario sobre Dreyer, “su cine es extrañamente interior y único, y al mismo tiempo resulta fascinante”, podría zanjar el tema ipso facto sobre el maestro danés (que, por cierto, nunca ha sido uno de mis cineastas de cabecera) con un “estoy totalmente de acuerdo contigo”. El problema es que en el párrafo anterior le habías negado su condición de creador. Intentemos buscarle al tema un punto medio…
        Como muy bien apuntas, y en eso creo que tienes toda la razón, Dreyer fue víctima de su obstinación por unos conceptos cinematográficos asentados en una extrema depuración y minuciosidad, que, sin duda, acabaron perjudicando el devenir de lo que podía haber sido una obra mucho más completa. Tampoco andas equivocado en resaltar su influencia teatral, que, si bien empezó a cuajarse en “Dies irae”, resulta especialmente obvia en sus dos últimas películas, “Ordet” (maravillosa e incomparable en su misticismo, en su espiritualidad, en su tratamiento de la luz…) y “Gertrud” (cuyo incuestionable valor e interés sí creo que se ha visto mucho más perjudicado con el paso de los años). Si a estas películas añadimos “La pasión de Juana de Arco” y “Vampyr” (una obra maestra del fantástico terrorífico, absolutamente cinematográfica) ya tenemos las cinco grandes películas de su filmografía y, que, a resumidas cuentas, son las cinco que he tenido la oportunidad de ver (incluso de añadir a mi colección particular).
        ¿Qué su cine es un ejercicio “ensimismado y muy subjetivo”? Probablemente. Tan ensimismado como Bergman o Tarkovsky, tan subjetivo como Bresson o Godard. Puedes discrepar tanto formal como estilísticamente de él, como de cualquier otro cineasta de los que te he nombrado, pero creo que todos ellos (nos gusten más o menos) se caracterizan por haber creado un lenguaje propio, reconocible, que, en definitiva, es lo que les otorga la vitola de grandes creadores. Y Dreyer, en mi opinión, fue uno de ellos.
        Ahora, me gusta mucho más lo que dices al final de tu comentario (y cómo lo dices), pues a mi me ocurre lo mismo, cuando te refieres a que sientes mayor apego hacia el cine japones por “alcanzar los rincones más íntimos del ser humano desde la sencillez más dolorosa y limpia” en contraposición a la pomposidad con la que los cineastas europeos (sobre todo nórdicos) suelen manejar esos mismos temas.
        Como siempre, un placer hablar contigo de cine.
        Un abrazo.

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  4. No negar su peculiaridad y concepción no significa que como creador lo estime importante, o que aquello que pretende sea de mi agrado. Si analizas muchas secuencias de, por ejemplo “Ordet”, son un puro y duro ejercicio de recreación y, también es cierto, amaneramiento plástico que se configura protagonista en sí mismo. Esa cámara estática en su anclaje o posición y que muestra de modo contemplativo lo que sucede en la vivienda y el deambulan por ella de sus personajes, con solo movimientos laterales de seguimiento; se me hace impostada y retórica.

    Los encuadres exteriores son en sí mismos protagonistas afectados, pues abandonan la historia y a sus moradores al adquirir un exceso de protagonismo. Son ejecutados como instrumento de lenguaje fílmico, que le otorga a sus películas una especie de atmósfera fascinante para algunos y henchida para otros ente los que me encuentro. Dramas y reflexiones que en sí mismas deambulan en ámbitos mucho más planos y simples de lo que se ha dicho, donde la forma de abordar ese misticismo o espiritualidad están recargados de todo menos de un discurso limpio, pues tanto en la forma como en el fondo la pretensión está trufada de declamación. Declamación que se observa en los propios personajes, en la manera en que interactúan, como se vinculan y el modo de homilía interior que resulta excesiva.

    Y si hablamos de los encuadres interiores, si te fijas, en todos ellos no hay naturalidad, armonía, solo se observa la predisposición sistemática y medida de postal o cuadro, de que los actores, sus movimientos, la colocación de los objetos, sus símbolos, o cualquier otro elemento están al servicio de esa tarjeta plástica, quedando en muchos aspectos como ejecución acartonada y sirviente de la plástica por la plástica, en este caso estática. Es un cine que a mi me resulta artificioso y fingido. Es mucho decir, pero es lo que siento y siempre me genera un distanciamiento conceptual. Me pasa con Bergman y con otros. Pero claro, es una opinión la mía no compartida por aquellos que saben, así que…

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    1. Ha quedado claro que no te gusta Dreyer. Vacuo o no, su estilismo, posicionamiento de la cámara, la manera en que los actores pasan y declaman ante ella son las cosas que me gustan de su cine, y que en definitiva dicen mucho de la sociedad en que este ha sido generado.

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  5. Es por ello que siempre indico que él es especial para la mayoría cinéfila, e impostado para otros entre los que me encuentro.

    Siempre pensaré que el cine no es su medio, ni para é ni para sus seguidores posteriores. Tanto es así que ni sus elementos formales como para lo que sirven me parecen “aportantes”.

    Declamación, impostura, falsedad, estética a mayor servicio del artificio, una presunción estética para una homilía ética mucho más chata de lo que se ha indicado. Suposición y jactancia evidente… Y no, su cine no pretende ser algo circunspecto, pese a su aparente especialidad, pues las poses existenciales e incluso sociedades que refleja son entes del pasado, a mayor gloria de metáforas estilísticas reflexivas, que bien otros u otros, nos mostraron ya hace tiempos de forma evidentemente diformes y verídicamente más que veraces.

    Insisto, no es mi cine ni mi conceptualización del cine… Sin dejar de observar su especialidad, eso sí recreada, afecta, impostada … utilización de un lenguaje para perversión o metamorfosis de dicho lenguaje, no como capacidad de invención fílmica y sí como instrumento introductor de pose …

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    1. Discrepo en mucho. Yo parto de la base de que el cine es todo puro artificio. Desde la estética más impostada, a la pretendidamente más naturalista. Si nos basamos en la teatralidad o en determinados tigs de algunos maestros del cine, ni Charles Chaplin podría estar entre los grandes cineastas, por decir un icono que nadie se atreve a discutir. Muchas de las cosas que observas en la obra de Dreyer y te molestan son aplicables a la obra de Ford, de Hawks, de Wilder… o del cine japonés que tiene como inspiración más inmediata el teatro japonés en sus diferentes variantes.
      Dreyer y el cine de algunos autores suecos no te llega por las razones que has expuesto. me parece bien, no son tus gustos. Pero cuidado con los argumentos, que suelen ser de doble filo.

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      1. Insisto en que Dreyer nunca ha sido uno de mis cineastas de cabecera, ni mucho menos, pero yo también discrepo con Altaica y sus incendiarias disquisiciones sobre la presunta impostura de la caligrafía dreyeriana. De todos modos, me temo que por mucho empeño que pongas (o pongamos), él seguirá en sus trece.
        Entiendo perfectamente lo que quieres decir con tu comentario, Salvela, y estoy de acuerdo a grosso modo con lo que mencionas, excepto en el aspecto en que muchas de las carencias que Altaica observa en el cine de Dreyer pueden ser aplicables al de Ford, Hawks o Wilder. Las maneras estilísticas de estos últimos no se asemejan en nada al “maestro” danés y si pretendemos compararlos también entraríamos en argumentos de doble filo.
        Dreyer volverá a aparecer en los próximos meses por el blog y entonces podremos retomar el debate. Será el momento de volver a defender su legado o a despotricar sobre el mismo, según uno crea conveniente.
        A mi no me gusta en absoluto el arte de Piet Mondrian, por ejemplo, pero nunca me atravería a calificar su vanguadismo abstracto de “impostura” o “presunción estética a mayor servicio del artificio”. Ahora, Altaica, es así. Él dice que no comparte la opinión de los que saben, pero es que él sabe y mucho. Ahora en ocasiones su apasionamiento discursivo parece querer encender el fuego de las hostilidades.
        Ojalá ambos continuéis siguiendo mi aventura blogosférica para conocernos mejor y seguir compartiendo interesantes controversias.
        Un abrazo a los dos.

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  6. Ya dije antes que es más que probable que sean carencias mías, limitaciones en mi mirada y en mi capacidad de ver más allá. Pero jamás diré que algo no me gusta sin argumentarlo o derivarlo todo a “como gustos los colores”, pues entonces el debate no existe.

    Y sí, es probable como dice Antonio que me exceda cuando se trata de negar a los colosos o grandes, ya sean directores o películas. Y no es obviamente por epatar, pues en general me suele gustar lo que les gusta a muchos, al menos en lo clásico. Pero siempre defenderé mi libertad para no casarme con nadie y menos aún reconocer lo que no me gusta, pese a su prestigio. Pero negar que Dreyer y las secuencias en concreto que cito no destilan impostura, recreación y afectación o pose, unido a un tufo discursivo de homilía depauperada me resulta complicado de aceptar. Pero insisto, es una limitación personal, seguro.

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    1. Estoy de acuerdo con Antonio en reanudar la tertulia con el próximo Deyer. En cuanto a Altaica, se nota que sabe y es de agradecer que argumente sus posturas, en lugar de despachar a los autores por las buenas. A parte de que su debate y postura es enriquecedora. Un abrazo y sí, voy a seguir el blog, ya que me parece muy interesante, tanto la forma de llevarlo a cabo como las aportaciones de los seguidores, Altaica entre ellos.

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